En Boca de Todos / Sin Consuelo

Por Guadalupe Escobedo Conde

No tengo madre, se fue antes de que llegará la pandemia del coronavirus, pero sí tuvo que lidiar con muchas pandemias a lo largo de su vida, está la habría salvado sin ningún contratiempo, era estricta con la higiene y educó a los suyos con la instrucción más eficaz para combatir cualquier virus: lávate las manos, límpiate los pies, no tosas en la mesa, no te acerques demasiado a las personas enfermas y no te toques la cara.

 

No fue sólo una rosa fresca de abril, ni mi fiel querubín, pero si cargo diez veces en su vientre dolor y cansancio. Algún día le pregunté porque tuvo diez hijos y aunque siempre profesó la fe católica no me respondió con el clásico “porque dios así lo quiso”, sino reconoció que no supo llevar una planificación familiar y asumía toda la responsabilidad, justificando al padre que tampoco tuvo idea de la responsabilidad compartida para engendrar, ella estaba muy orgullosa de consagrar su vida entera a la maternidad. 

 

Siempre en casa, siempre criando y creando seres humanos, muy humanos.

 

Aclaración al calce, esta no es una carta a la madre, es una reflexión partiendo de una vida ejemplar de la maternidad de antes. Ahora la consigna es por una maternidad elegida.

 

En el 2020, el primer año de la pandemia, 7 de cada 10 mujeres mayores de 15 años registraron al menos un hijo, es decir el 72.4 por ciento de la población femenil de más de 15, ya es madre. Aunque la tasa de fecundidad mundial ha variado desde en los últimos 20 años, de 2.86 a 1.88 hijos por cada mil mujeres, aun no se logra consolidar la maternidad por elección.

 

En la decisión sobre su cuerpo, la mujer enfrenta tabús religiosos, sociales, políticos y hasta emocionales, el romantizar la maternidad como algo sagrado, que es una bendición divina y que debe ser aceptada con sumisión, provoca que muchas mujeres sin el más mínimo sentido maternal y sin posibilidad económica, se conviertan en mamás, casi obligadas por el contexto de la familia fraternal a la mexicana.

 

INEGI nos cuenta que de acuerdo al Censo de población y vivienda 2020, 47 por ciento de las mujeres mayores de 15 convertidas en madres están casadas, el resto, asumen solas el papel de padre y madre a la vez, sí, a las que mal se etiqueta como “mamás luchonas” son más de la mitad de las madres, donde la figura ausente del padre no es criticada, ni está sujeta a ningún prejuicio social.

 

Si en México no es fácil ser mujer, menos lo es ser madre, madre acompañada o sola, adolecente o adulta, viuda o divorciada, de un hijo o de diez, la inequidad de género está presente en todo momento en la vida de una mamá.

 

El día de las madres, que data de los años veinte y que como sabemos, fue iniciativa comercial de un periódico, aliado con la iglesia y el gobierno, para glorificar el papel maternal, ha sido el pretexto para fomentar que el “verdadero” valor de la mujer radica precisamente en la maternidad, que debe asumirla con gratitud y convertirse en gestante, cuidadora y educadora de hijos, sin ningún reniego.

 

La maternidad tiene que ser feminista, no puede seguir enmarcada en el sistema patriarcal que la subyace a sus políticas machistas y de conveniencia, no deben ellos seguir decidiendo desde los escaños del poder, sobre los cuerpos de ellas, por eso hoy este día debe ser diferente.

 

Este 10 de mayo, visibilicemos a las madres que buscan a sus hijos, a las que se fueron víctimas de feminicidio dejando en la orfandad a sus hijos, a las que han muerto o perdido hijos en la pandemia del Covid, las que están solas, relegadas por la desigualdad social. Hoy no es día de fiesta para todas. Seamos más empáticos con las que no tienen consuelo, que presuntuosos ante el consumismo y la frivolidad de las redes sociales.

 

Consuelo, era mi madre, tuvo tiempo en su larga vida de conocer la lucha feminista, le tocaron cambios trascendentales políticos y sociales, comulgó con las ideas de que los derechos humanos deben ser plenos también para las mujeres, y aunque vivió siempre en un entorno misógino, supo reinventarse a tiempo y sobreponerse al sistema opresor, al final de sus días, la vida misma la colmó de paz y armonía, y sigue educando con las semillas que dejó en esta tierra.

 

 

 

 

 

 

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