A CONTRA CORRIENTE / Luchar contra la violencia hacia las mujeres

El pasado 25 de noviembre se conmemoró el “Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer”, instituido en el año 2000 por la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU); con la finalidad de visibilizar la violencia contra las mujeres y las niñas, a nivel mundial.

Con esta iniciativa se pretende fomentar la ejecución de políticas públicas, por parte de los gobiernos miembros de la ONU, en forma coordinada con organizaciones privadas y sociales, para hacer frente a la violencia de género en todas sus manifestaciones, así como para brindar apoyo a las víctimas y, generar conciencia sobre la estigmatización que éstas padecen.

Como principal antecedente de esta efeméride, cabe recordar que la fecha fue elegida para honrar la memoria de las hermanas Mirabal, tres activistas políticas de la República Dominicana, que fueron brutalmente asesinadas en 1960, por orden del dictador dominicano Rafael Trujillo.

Asimismo, cabe destacar que las estadísticas actuales indican que una de cada tres mujeres sufre violencia sexual, física o psicológica, en su mayoría, por parte de su pareja, aunado a la dificultad que afrontan estas mujeres al permanecer confinadas en casa con sus agresores, ante el confinamiento decretado por las autoridades sanitarias con motivo de la pandemia del COVID-19; contexto en el que se ha intensificado la violencia en el hogar, de tal forma que paralelamente al coronavirus, se ha desarrollado otra pandemia, la de la violencia hacia las niñas y las mujeres.

En ese sentido, cabe observar que en general cuando se habla de violencia contra las mujeres, se piensa básicamente en la violencia física que infringen los hombres a ellas, en diversos escenarios y bajo diferentes argucias, ligadas con la dependencia histórica de ellas hacia ellos por razones físicas, económicas, culturales y religiosas, entre otras.

Sin embargo, pocas veces se trasciende a la demagogia gubernamental, y se repara en la violencia simbólica, en muchos casos fuente de la violencia física, que se inculca a través de las instituciones más arraigadas y que más lealtad inspiran a la sociedad en su conjunto.

Por ejemplo, me refiero a la violencia hacia las mujeres por parte de las instituciones religiosas, de inicio profundamente misóginas y discriminadoras de las mujeres; en cuyo marco, ellas a lo más que pueden aspirar es a casarse y llegar a ser la mujer de, es decir, a convertirse en objeto poseído.

O la violencia que se transmite en el seno de la institución de la familia, preferentemente la que profesa una religión, en cuyo seno se inculcan los denominados valores de la sumisión y la obediencia al hombre, así como la dedicación a las labores del hogar, que en el fondo están ideadas para complacer a la pareja masculina.

O la violencia que se reproduce en el seno de las instituciones educativas, donde a las mujeres se les instruye en oficios, que se dice son propios de su sexo, como la cocina, la belleza o la confección; asimismo, donde se les condiciona a formar parte de los grupos de animación o porristas, comparsa de los caballeros quienes compiten en las actividades deportivas; o son alentadas a incorporarse a los grupos de edecanes, para servir de objeto de decoración en las ceremonias encabezadas por los varones.

O la violencia contra las mujeres que sistemática y profusamente se transmite en los medios de comunicación masiva, bajo el formato de programas de entretenimiento y en las telenovelas, en los cuales se difunden y reproducen variados estereotipos que agreden, denigran y discriminan a las mujeres, particularmente a las pobres, morenas y dedicadas a los oficios y cuidados en el hogar.

Estas son algunas de las violencias simbólicas y físicas contra las mujeres que el Estado, en los tres órdenes de gobierno, debería contrarrestar de manera puntual y efectiva, garantizando la integridad de las mujeres mediante una educación laica, incluyente, científica, que erradique mitos, prejuicios y discriminaciones, al tiempo que fomente una convivencia constructiva en la diversidad, propia de las sociedades contemporáneas.

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