A CONTRA CORRIENTE / Cambio de gobierno en EUA

Mañana 20 de enero tomará posesión de la presidencia de los Estados Unidos de América, el demócrata Joe Biden, luego de un recuento de votos ante las protestas de su contendiente, el aún presidente Donald Trump, quien será recordado por varios motivos, destacando los resultados de su gestión, poco halagüeños para el propio pueblo norteamericano, que incluyen su conducta arrogante y desafiante evidenciada en el llamado a sus simpatizantes a revelarse ante su derrota en las urnas, que derivó en los significativos desmanes del 06 de enero en el Capitolio.

Al cierre de su periodo de gobierno, en el que no logró reelegirse como lo hicieron sus tres predecesores, Trump ha seguido sumando agravantes, particularmente la pésima gestión de la pandemia por el coronavirus, así como sus políticas proteccionistas y xenófobas hacia América Latina, no obstante su discurso de campaña con el que intentó conciliarse con la población hispana, mucha de la cual abonó a los 74 millones que le apoyaron con su voto. A estos agravantes habría que sumar su reiterada indiferencia ante la desigualdad social, no obstante que deja al país como líder en desigualdad en el continente Americano.

De igual forma, destaca su desdén frente el cambio climático causado por la acción humana; así como su misoginia, racismo y aliento del odio, que usados como estrategia mediática propiciaron el apoyo exacerbado de grupos ultra conservadores, los cuales asumen a los migrantes latinos como la causa de su inestabilidad.

De modo que sobran las voces en nuestro país que están celebrando la salida de Trump de la Casa Blanca, deseando que el segundo juicio que seguramente enfrentará, le cierre la puerta a cualquier intento de retorno a la vida política, lo que efectivamente sería deseable dado el potencial peligro que representa para el endeble orden internacional.

No obstante, es necesario dimensionar las repercusiones para el pueblo de México por el cambio de gobierno en la democracia norteamericana, que en sí misma arrastra vicios significativos como la pervivencia injustificable de la elección indirecta mediante un colegio electoral; pues si bien es importante la personalidad de quien ocupa la titularidad del poder Ejecutivo, históricamente y con independencia del partido en el gobierno norteamericano, nuestra relación con la vecina potencia ha sido poco favorable para nosotros.

Más allá de que algunas élites de los republicanos han tenido relaciones más cercanas con los priistas y de los demócratas con los panistas, los gobiernos mexicanos no han logrado incidir de manera efectiva en la conformación de la agenda bilateral, de modo que en el presente siglo hemos sido en esencia una pieza más de la estrategias de seguridad nacional norteamericana.

Ante ello, es prioritario que el gobierno mexicano se constituya en un auténtico interlocutor, es decir, con agenda propia y capacidad para exigir su atención, en la que deben estar los temas de la migración, el empleo, el narcotráfico, la corrupción y el intercambio comercial.

Cabe subrayar que sobre este último punto, no se nos ha explicado en qué nos beneficiamos, luego de la firma del último tratado, en el que ya participó el gobierno federal en funciones.

Parafraseando al difunto Adolfo Aguilar Zinser, México debe dejar de ser concebido por el gobierno norteamericano como su patio trasero, lo cual sólo será posible cuando la llegada y la permanencia en el poder nacional, no dependan de las simpatías de las élites económicas y políticas de la vecina potencia.

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