A CONTRA CORRIENTE / La trilogía democracia, desarrollo, justicia

Los resultados de la democracia en cuanto a bienestar social, siguen siendo extraordinariamente deficitarios a nivel global, pues los millones de pobres en el mundo siguen aumentando y seguirán creciendo, en el contexto de contagio masivo por la actual pandemia, que ha paralizado la actividad económica e incrementado el desempleo y la pobreza en sus diferentes expresiones.

Específicamente en México la pobreza había venido aumentando de manera sistemática en las últimas décadas, de lo cual dan cuenta los indicadores que utiliza el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), entre los cuales se registran, el ingreso corriente per cápita, el rezago educativo promedio en el hogar, el acceso a los servicios de salud, a la seguridad social, a la alimentación, a los servicios básicos en la vivienda, la calidad y el espacio de la vivienda, el grado de cohesión social y de accesibilidad a carretera pavimentada.

De modo que las diversas consecuencias desastrosas de la actual pandemia, como resultado en gran medida de nuestra pésima relación con el medio ambiente, se seguirán potenciando debido a nuestro modelo económico sustentado en la competencia y la acumulación, que tiene al dinero como medio preponderante para regular la distribución de la riqueza social.

A propósito de la hegemonía del criterio dinero, el premio nobel de literatura, Joseph Brodsky, había ironizado que el pecado original era el dinero, pero que éste sería también el pecado del futuro, al tiempo que vaticinó: “llegará el día en que los pueblos se distinguirán tan sólo por los diversos tipos de cambio de sus monedas”.

Frente a esta realidad mundial, Carlos Fuentes desde finales de la pasada centuria advertía sobre la necesidad que tenemos como humanidad y, particularmente como latinoamericanos, de elaborar las dimensiones de lo que en su momento el poeta ruso, Andrei Voznesensky, llamaba el poscapitalismo, en referencia a una economía con responsabilidad cívica, seguridad social y dimensión espiritual.

Para aludir a la misma necesidad, el peruano Julio Ortega apeló a la “democracia radical”, destacando el fortalecimiento de la condición civil, humanizadora y solidaria del ejercicio democrático; el novelista húngaro George Konrád, subrayó que la fuerza matriz de la democracia y de la cultura es la sociedad civil, su raíz de civilización; en tanto nuestro entrañable Carlos Monsiváis, hablaba de la “movilización social permanente”, a efecto de alcanzar un movimiento constante de socialización de la vida pública.

De modo que cuando pensamos en qué podemos hacer como sociedad civil a la luz de la crisis mundial que enfrentamos, una tarea fundamental es precisamente fortalecer la vida pública, mediante el debate amplio y plural sobre las dimensiones que debería considerar un nuevo modelo de convivencia, en el que la democracia, el desarrollo y la justicia sean conjugados de manera efectiva.

Pues ha quedado claro que el aforismo liberal de Condorcet del siglo XVIII, sobre el progreso lineal de la historia, según el cual no obstante la acumulación de la riqueza en la cúspide que favorece el modelo, dada su abundancia acabaría por derramarse hacia el resto de la pirámide social, constituye un mito sin referencia en los hechos.

Como sociedad civil organizada debemos exigir a los tres órdenes de gobierno, que se comprometan a esta tarea de repensar el modelo económico, con nuestro concurso y con carácter vinculante. Eso sería un auténtico cambio hacia una nueva realidad, que permita ir revirtiendo los oprobiosos resultados de la economía y la democracia liberales, para el grueso de la población mundial. .

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