El Partido Comunista Mexicano

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Se cumple un siglo de la fundación del Partido Comunista Mexicano, acontecida el 24 de noviembre de 1919, cuyo principal legado fue su aporte a la formación de organizaciones de trabajadores del campo y de la industria, muchas de las cuales trascienden hasta nuestros días aunque con otro signo ideológico.

Desde su fundación, el PCM constituyó una auténtica alternativa ideológica y política, frente al sistema capitalista que ya se había cimentado en la sociedad mexicana de finales del siglo XIX, y que en la Constitución de 1917 el grupo encabezada por Venustiano Carranza plasmó como eje del desarrollo nacional, vigente hasta ahora.

Tomando en cuenta sus objetivos, el PCM fue un partido extraordinario en el sistema político nacional, pues su lucha no estuvo centrada únicamente en la conservación del poder, como fue el caso del PRI fundado 10 años después, ni en la consecución del mismo, como fue el caso del PAN fundado 20 años después.

El objetivo fundamental del PCM fue la formación de cuadros con una ideología comunista, impulsada desde la extinta Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, que permitiera transformar las relaciones de producción y por ende finiquitar al capitalismo.

No obstante, su principal obstáculo siempre fue el gobierno de la república, pues a pesar de que en los primeros años de la posrevolución, logró convivir con el partido oficial en el sistema institucional, siempre fue visto con reticencias que durante la guerra fría se transformaron en total desconfianza, obligando a sus miembros a sobrevivir en la clandestinidad.

Sería hasta la reforma política materializada en el primer año del sexenio de López Portillo, cuando se reintegró a la vida institucional, aunque como tal vivió poco tiempo, pues dado el declive del bloque comunista fue necesaria su transformación, más de forma que de fondo, por lo cual mutó a PSUM y luego a PMS, el cual en 1989 cedió su registro para la fundación del PRD, del que surgiría en 2014 Morena, actualmente en el gobierno federal.

A los partidos políticos se les han asignado tareas importantes para la democracia liberal, como ser el vehículo principal para la postulación a cargos de representación, la integración y movilización de los diversos sectores sociales, limitar el gobierno de minorías, la articulación de demandas y su transmisión al gobierno, la elaboración de la agenda pública, la orientación de las preferencias de los ciudadanos, así como la representación de intereses.

Sin embargo, en la actualidad los partidos se han erigido en los actores principales en la esfera política, gracias a que de facto ostentan el monopolio de las candidaturas a cargos de representación, que les garantiza la disciplina y la lealtad de aspirantes y representantes, así como por el control que regularmente ejercen sobre afiliados y simpatizantes a través de prácticas corporativas y clientelares.

Este protagonismo de los partidos que se centraliza en sus élites dirigentes, también se expresa a través de su capacidad para determinar las prioridades en la agenda pública, dado el dominio que ejercen sobre los distintos ámbitos e instituciones gubernamentales, en cuya integración y evaluación participan directamente, de conformidad con las facultades que sus propios legisladores establecen.

Ante este escenario poco halagüeño para la salud democrática de México, es necesario subrayar la imperiosa necesidad que enfrentamos como nación, de disponer de un instituto político que efectivamente represente de nueva cuenta una alternativa y, por ende, un contrapeso a los actuales partidos, que de inicio sirva para deliberar de manera intensa y extensa, sobre otra forma de organización política y económica, la cual permita revertir los desastrosos resultados que para el grueso de la población, ha derivado el modelo capitalista hoy arropado en el neoliberalismo.

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