A CONTRA CORRIENTE / El valor de un tuit

El domingo 2 de junio, el Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, Donald Trump, a través de tuits amenazó a México que si no frenaba a los migrantes centroamericanos con destino al país que gobierna, impondría aranceles a diversos productos que nuestro país exporta hacia aquella nación.

Esos tuits son una evidencia fidedigna de que la vida contemporánea pasa por las redes sociales, ya sea en Facebook con sus vínculos interminables, en Twitter con el cúmulo de opiniones, o en Instagram donde todo es un prisma de colores, millones de personas sin distinción alguna reciben y transmiten datos, que en su mayoría tienen que ver con un presente individual, con su realidad.

Como dijo el rey Luis XIV de Francia: El Estado soy yo; lo importante ahora es el sujeto en su individualidad, proyectado bajo el carácter de objeto de publicidad, si no se es público, no se existe. Vivimos en la cultura de la realidad hiperfotografiada, nuestra imaginación se circunscribe a lo ya digerido, a lo que vemos preponderantemente en redes sociales, pero las redes sociales se nutren en esencia de lo individual por encima de lo colectivo, de modo que vivimos en un círculo demasiado estrecho.

Estamos delimitados por la cultura del capitalismo inmaterial, donde lo material se difumina con extraordinaria rapidez, lo imperante es el interés por consumir, poseer la marca, pero es un interés que se autoconsume en un tiempo muy reducido, pues siempre habrá algo nuevo por comprar aunque nuestra satisfacción sea extraordinariamente efímera.

Un discurso que intenta interpretar este fenómeno es el de la Posverdad, según el cual lo relevante es lo emotivo por encima de lo racional, la realidad individual por encima de la verdad sujeta a comprobación, las argumentaciones y las justificaciones sobran; estamos pues ante la exacerbación de la banalidad, trivializar lo socialmente relevante para convertirlo en relevancia individual, que se convierte en tendencia, en viral, seguir lo viral significa estar, pertenecer, aunque en breve el factor de identidad cambiará radicalmente.

Lo importante no es el contenido sino la presentación, la marca, todo es vendible incluida la condición humana, sólo hay que saberse vender dicen los especialistas; el precio se tasa en likes, en seguidores, en todo caso habría que subrayar que atrás de la selfie está la angustia por pasar inadvertido, por desaparecer, por dejar de existir. No hay contexto, no hay límites, no hay historia, todo es hoy, ahora, el instante que será sustituido por otro instante, eternizando así el valor de la instantaneidad.

El sujeto y sus razones, son sustituidos por las imágenes, las imágenes son el texto, las imágenes construyen la realidad. En este escenario habría que ubicar e interpretar los exabruptos de Trump, que forman parte de su realidad, la que a cada instante cambia sin importar historia alguna, justificación alguna, todo es cuestión de explotar el poder que posee para imponer su realidad, y qué mejor que hacerlo a través de un tuit, que todos seguirán.

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