El espectáculo del fútbol soccer

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La empresa FCC Construcción, de la cual uno de los principales socios es Carlos Slim Helú, se adjudicó el contrato para la remodelación del estadio Santiago Bernabéu, ubicado en la emblemática avenida madrileña del Paseo de la Castellana, y que es sede del equipo de futbol Real Madrid; según informó recientemente este Club Deportivo.

El contrato tiene un valor aproximado de 475 millones de euros, 532 millones de dólares, unos 10,640 millones de pesos; cifra que pone en evidencia tanto la gran capacidad financiera del citado club deportivo, como su nivel de utilidad neta, que le permite erogar esa cantidad en la remodelación de un estadio que podría ser calificada de suntuaria.

En lo que hace a los socios del club de fútbol, con justa razón se podrá decir que cada quien es libre de ocupar su dinero ganado lícitamente, en lo que mejor le plazca; sin embargo, en lo que hace a Slim Helú, es de llamar la atención que sea uno de los hombres más ricos del mundo, que ha acumulado su vasto capital esencialmente producto de su actividad en México, y que precisamente en nuestro país alrededor de la mitad de la población viva en condiciones de pobreza material.

Estas circunstancias colocan a la vista la gran concentración de capital y la consecuente desigualdad social que enfrenta México, problemas antiquísimos y que perviven no obstante las asignaciones que los gobiernos federales hacen cada sexenio a la política de desarrollo social.

Ya que tanto dinero se dedica y obtiene a través del fútbol soccer en calidad de espectáculo, cabría reflexionar que éste forma parte de la vida cotidiana de millones de compatriotas, siendo el deporte más popular y visto por televisión; cuyas reglas de juego abren un amplio margen para la interpretación discrecional del árbitro, al tiempo que los jugadores suelen incurrir en simulaciones que en la mayoría de los casos no son sancionadas con los mismos criterios.

Esos usos y costumbres subyacentes a todo partido de fútbol soccer, que los propios comentaristas deportivos califican como colmillo, es decir, prácticas loables, invitan a cuestionar que a pesar de la existencia de múltiples recursos humanos y tecnológicos, que podrían acotar esas discrecionalidades, a la fecha no sean incorporados de manera integral.

Es factible inferir que la amplia afinidad del mexicano con el fútbol soccer en calidad de espectador, tiene su residencia en el ámbito cultural, pues esa identificación estaría relacionada con la habilidad de un sujeto, en este caso un jugador, para alterar las reglas del juego en beneficio personal, o en el mejor de los casos del grupo afín, la cual es juzgada por el común como una atribución que enaltece a quien la realiza.

De modo que el espectáculo del fútbol soccer, del que se obtienen enormes ganancias económicas no siempre transparentadas, estaría contribuyendo de manera directa a generar una cultura de la simulación, del fraude, de la corrupción, legitimando la habilidad para conducirse al margen o incuso en contra de las reglas del juego; prácticas y habilidades por las cuales los jugadores profesionales reciben salarios que, difícilmente obtendrá un trabajador ordinario a lo largo de su vida productiva.

Así de irracional la vida alrededor del espectáculo del fútbol soccer, que semana tras semana sigue millones de mexicanas y mexicanos, mientras unos pocos ensanchan sus bolsillos construyendo y remodelando estadios, otros hacen lo propio entreteniendo al respetable.

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