Inicia el gobierno de la Cuarta Transformación Nacional

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En el recinto de San Lázaro en la Ciudad de México, donde hace poco más de 13 años y ocupando el cargo de Jefe de Gobierno del entonces Distrito Federal, fue desaforado con la intención de impedir que compitiera por la Presidencia de la República, el pasado 01 de diciembre Andrés Manuel López Obrador, tomó protesta del cargo más importante en el gobierno de la nación; en una ceremonia que distó radicalmente de las que protagonizaron sus dos predecesores: en el caso del panista Felipe Calderón, le bastaron unos segundos para que le tomaran la protesta de ley, en medio de un tumulto y con un presídium tomado por la oposición, ante el presunto fraude electoral que le permitió resultar ganador; mientras la ceremonia del priista Enrique Peña, se realizó teniendo como telón de fondo la represión a la protesta civil masiva en contra de su ascenso, que se realizaba en los alrededores del mismo recinto.

Otra gran diferencia con sus antecesores inmediatos fue que tras tomar protesta como Presidente Constitucional de los Estado Unidos Mexicanos, López Obrador dirigió ahí mismo un discurso a los representantes populares, a invitados y a la nación en su conjunto, en el cual bajo un tono conciliador pero sin dejar de hacer las puntualizaciones sobre la crítica situación que atraviesa el país, refrendó los compromisos que han despertado una enorme expectativa entre los mexicanos: acabar con el México oprobioso de la corrupción, la impunidad, la pobreza, la desigualdad, la violencia e inseguridad, los privilegios, que durante los últimos 36 años han dejado los gobiernos orientados por el neoliberalismo.

Asimismo, en un hecho sin precedentes modificó el ostentoso ritual del presidencialismo mexicano, participando en la ceremonia de purificación de la investidura presidencial, en la que representantes de los pueblos originarios le dispensaron sus consagraciones y le entregaron el bastón de mando, en un templete colocado en la Plaza de la Constitución, frente a Palacio Nacional, la nueva residencia oficial del poder Ejecutivo Federal.

En sus discursos de aquel sábado, el presidente López Obrador subrayó los grandes males de México, iniciando por la política neoliberal; la corrupción que se convirtió en la principal función del poder político; el paupérrimo salario de los mexicanos; los déficits en la balanza comercial, señaladamente nuestras oprobiosas importaciones de maíz y petróleo; la migración obligada; la violencia; el robo de las riquezas de la nación por parte de los poderes político y económico.

De igual forma enunció sus 100 compromisos, de los cuales cabría rescatar la cancelación de la reforma educativa, la austeridad de la burocracia, no privatizar el agua, fijar el salario mínimo por encima de la inflación, contratación como aprendices de 2 millones 300 mil jóvenes, entrega de 10 millones de becas a estudiantes en todos los niveles de escolaridad, cien nuevas universidades públicas, créditos a la palabra para productores, evitar afectaciones al medio ambiente, castigar con cárcel los delitos electorales, revocación del mandato y no reelección, cancelar fueros, creación de la Guardia Nacional, respetar contratos y garantizar inversiones, construir una refinería y rehabilitar las existentes, construcción de los trenes maya y del istmo, así como el nuevo aeropuerto, creación de zona libre de 3 mil kilómetros en la frontera con Estados Unidos, cooperación con este país y con Canadá para promover el desarrollo económico en México y Centroamérica, convertir a la corrupción en delito grave y que el presidente de la república pueda ser juzgado aun estando en funciones, así como la creación de una comisión de la verdad que investigue el caso de los estudiantes desaparecidos de Ayotzinapa, la cual fue creada ayer.

Sustentado en el gran impulso popular que ningún mandatario nacional había tenido desde la época de Lázaro Cárdenas, López Obrador sentenció no tener derecho a fallar al pueblo, cuyo cumplimiento, habría que subrayar, dependerá en gran medida de que, en lo personal, su estatura sea la de un estadista no la de un redentor, mientras en lo social deberá crear y fortalecer el andamiaje institucional que paulatinamente frene la corrupción y la impunidad, rehabilite el estado de derecho y ponga freno a la violación sistemática a los derechos humanos, garantice producción amplia y distribución equitativa de la riqueza, evite la concentración y centralización del poder económico pero también del político, amplíe el debate público inclusivo. Esos serán los indicadores de que se está poniendo en marcha la Cuarta Transformación Nacional.

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