LA BARRICADA / Golpes en el corazón

Golpes en el corazón

Cinthya Barrón

 

Hace días Facebook me recordó las charlas que sosteníamos muro a muro Perla Rosales y yo, como una suerte de correspondencia moderna en la que desde nuestras trincheras hablamos de música y danza. Per, como cariñosamente me gusta llamarla, es una bailarina que durante años estuvo en Ciudad Victoria dando clases de danza árabe. Per y yo compartimos la pasión por nuestras formas de arte, no sostenemos títulos académicos que avalen el amor que sentimos por lo que hacemos y, sobre todo, el sueño por hacer de Ciudad Victoria un espacio diferente.

Per emigró a Nuevo León y con gusto veo que se encuentra haciendo lo que tanto ama: bailar y compartir la danza en escenarios mucho más plurales y diversos de lo que se puede hacer en Ciudad Victoria. Per sigue creando en un terreno igual de agreste por ser norte, pero en sus proyectos veo un nuevo aire, quizá renovado y con mayor vitalidad de lo que se puede hacer en Tamaulipas. Me alegro mucho por ella, como también me alegro por todos aquellos artistas tamaulipecos que veo brillar en constelaciones que distan mucho de su tierra natal. Qué orgullo saber que el director de la orquesta de la Escuela Superior de Música del INBA es victorense, que en orquestas profesiones como la Sinfónica de Xalapa y Saltillo hay tamaulipecos que desafiaron el orden natural del tamaulipeco promedio que deja de lado la vocación artística por tener un título convencional. Qué orgullo, en serio.

Y luego estamos nosotros, los que nos hemos quedado. Los que más que maestros somos voluntarios en esto de formar nuevas generaciones de artistas. Los que soñamos con el arte como una forma de vida, los que sabemos que esto no es un hobby ni una actividad de juventud, los que nos alimentamos de la sonrisa de los niños después de una presentación, los que sabemos que del arte no se vive y por eso tenemos otros trabajos para sostener al soñador que llevamos dentro. Nosotros que siempre decimos Sí a las instituciones culturales aunque no haya pago de por medio. Nosotros que llenamos los espacios culturales emergentes con la simple esperanza de un “gracias” que a veces nunca llega.

Tengo años en la música, tengo años escribiendo, tengo años soñando en cambiar la parte del mundo en la que me tocó vivir. Y he tenido grandes momentos con la gente y mis alumnos, pero también he pasado por enormes temporadas de vacío porque la inversión emocional que se pone en el oficio de ser soñador y artista deja al corazón devastado por sembrar semillas que no vemos germinar.

… Aun así nos queda el optimismo como placebo de remuneración, nos quedan los aplausos como contrato, los “qué bonito escribes” como propina. Porque si no es de eso ¿de qué más puede vivir el artista en Tamaulipas?

 

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