A CONTRA CORRIENTE / El movimiento estudiantil del 68

Para una parte significativa de la población mexicana, el conflicto social de 1968 se resume en lo que fue su momento culminante: la masacre del 2 de octubre en Tlatelolco. Para ese sector de la población que interpreta el conflicto a través del prisma de la moral, constituyó una tragedia, un crimen que no debe repetirse pero sobre el cual ha caído el telón. De modo que a 50 años de los hechos y frente al intento de apelar al olvido, la tarea sigue siendo transitar del terreno de lo moral y del mito, al terreno de lo político-concreto, tomando conciencia de lo que ocurrió en aquel otoño de 1968.

Contextualizando los hechos, habría que señalar que para finales de la década de los cincuenta, los resultados de la estrategia desarrollista saltaban a la vista: la riqueza nacional había venido incrementando bajo el impulso del crecimiento industrial, pero esa riqueza tendía a concentrarse cada vez más en unas cuantas manos, mientras en forma paralela la miseria también crecía. Entre 1958 y 1959 estallaron innumerables luchas obreras y campesinas que buscaron organizarse al margen del corporativismo estatal.

El Estado sistemáticamente respondió al descontento y a la protesta de los trabajadores mediante la represión física; muchos dirigentes de la oposición fueron encarcelados, perseguidos o terminaron asesinados. Prevalecía una gran concentración del poder y una intolerancia hacia la disidencia. Ante ese escenario, las luchas estudiantiles comenzaron a ocupar el primer plano en la escena política nacional. Entre 1958 y 1967 se registraron diversos movimientos estudiantiles en Guerrero, Puebla, Michoacán, Distrito Federal, Sinaloa, Durango, Sonora, Chihuahua y Tabasco. Incluso entre enero y julio de 1968, hubo numerosas luchas estudiantiles en varios lugares del país. De tal forma que el movimiento social que culminó con la matanza de octubre de 1968, fue sólo la manifestación emblemática de la crisis del capitalismo mexicano de entonces.

Se pueden identificar tres grandes factores internos que determinaron al movimiento del 68: la proletarización del trabajo intelectual; la crisis del sistema educativo que se expresaba en la obsolescencia de planes y programas; así como la crisis de valores identitarios, producto en mucho del derrumbe de la ideología del progreso, propia de la modernidad.

En el orden externo, tuvieron una gran incidencia política e ideológica la crítica al régimen de Stalin iniciada por Nikita Jruschov, en la extinta URSS; la guerra de Vietnam y; sobre todo, el triunfo de la revolución cubana.

En el plano nacional, con el fin de obtener la sede de la décima novena Olimpiada que debía desarrollarse en octubre del 68, el gobierno mexicano proyectaba al exterior la imagen de un país con índices de crecimiento económico, que avanzaba en la ruta del desarrollo con estabilidad política. En la lógica de Díaz Ordaz, los juegos olímpicos darían la posibilidad de colocar a México entre los países desarrollados.

Pero la realidad de la vida política nacional era otra: Por la fuerza física habían sido exterminados el movimiento obrero independiente, casi todos los movimientos campesinos, las luchas de sectores medios como los maestros y los médicos, y las mencionadas de los estudiantes.

La gota que derramó el vaso fue la crisis política que desencadenó en la Universidad Nacional la violación a la autonomía universitaria. Esta violación se consumó cuando el gobierno del presidente Díaz Ordaz ordenó, la madrugada del 30 de julio del 68, que el ejército ocupara los recintos de varias preparatorias. El primero de agosto, el Recto Javier Barros Sierra y demás autoridades universitarias encabezaron una gran manifestación de protesta contra la violación a la autonomía y exigieron respeto a los derechos democráticos, en ella participaron alumnos y maestros del IPN, de la Normal, de Chapingo y de la propia UNAM. Barros Sierra asumió con valentía una posición política coherente con los intereses populares que estaban en juego en ese momento, aun cuando esta posición implicara para él su expulsión de la clase gobernante. El 15 de agosto, por iniciativa del rector, el Consejo Universitario expidió una resolución en la cual la Universidad apoyaba el conjunto de demandas que el movimiento estudiantil, a través del Consejo Nacional de Huelga, presentaba al gobierno. Un hecho sin precedentes en la historia, que contribuyó a la continuidad del movimiento.

Entre las tesis con las que se ha intentado explicar el movimiento estudiantil del 68, se encuentra la del complot internacional por parte de los comunistas, que con el paso de los años ha sido insostenible; en tanto ha alcanzado mayor verosimilitud la teoría que intenta explicar el fenómeno como resultado del conflicto interno por el poder presidencial; sin embargo, las luchas sociales que antecedieron a la matanza de Tlatelolco no se inventaron, y como he dicho, en innumerables ocasiones el Estado había reprimido brutalmente a los sectores sociales que escapaban a su control y que lo desafiaban.

Cabe recapitular como una lección histórica, que el crimen masivo que tuvo lugar el 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, en la Ciudad de México, mostró la incapacidad del poder para enfrentar y resolver políticamente un fenómeno de disidencia real, autónomo, con una base social amplia y de reivindicaciones auténticamente democráticas; cuyas demandas básicas sintetizaban su lucha contra la represión.

Parafraseando a Gilberto Guevara Niebla; en la lucha del 68, el estudiantado se reveló como la memoria política del pueblo mexicano. Y la lucha, al menos en el plano ideológico, sigue.

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