Una historia de bullying

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Como he mencionado en otras ocasiones me gusta hacer ejercicio y durante los primeros meses del año es cuando veo a más gente, especialmente adolescentes, involucrados en actividades deportivas. Debo confesar que a veces me da cierta envidia con las personas que comenzaron desde temprana edad en el deporte. Yo apenas llegué hace unos años a realizar entrenamientos conscientes y aunque no me arrepiento de haber dedicado mi adolescencia y temprana juventud a la música me hubiera gustado tener mis medallas y trofeos. Y quizá pude haber combinado el arte y el deporte si no hubiera pasado por un episodio de lo que ahora conocemos como bullying cuando estaba en la secundaria.

En mis tiernos años de pubertad solía acompañar a mi papá a correr, no era por el afán deportivo propiamente dicho- sino que esperaba –la mayor parte de las veces sin éxito que al salir del estadio me invitara una raspa, un trole o un helado. La condición que ponía era que no me despegara de él y que hiciera su misma rutina. Al principio no fue fácil pero conforme pasaron las semanas me acoplé a su ritmo y las vueltas que me parecían eternas cada vez fueron siendo más fáciles de llevar.

Como era de esperarse y por lo remilgosa que era para comer, mi físico fue cambiando sin que me diera cuenta, siendo los primeros años del 2000 pocas personas hablaban de las modas fitness como ahora, las flacas por naturaleza (o anorexia) dominaban el mundo y aunque se admiraba a Soraya Jiménez por la sorpresiva medalla de oro para México en halterofilia en los juegos olímpicos de Sidney, pocas mujeres envidiaban su disciplina y mucho menos su cuerpo.

Recuerdo que por aquel entonces las chicas debíamos ir con el uniforme oficial de la secundaria y si tocaba educación física cambiarnos en los baños del gimnasio por un short y playera blanca. Y ahí era donde el pudor separaba a las niñas entre las que apenas usábamos corpiño y las chicas que podían lucir sostenes espectaculares. En una ocasión tuve que cambiarme frente a las chicas más bonitas del salón, las que por antonomasia eran las más populares y poseían los senos más desarrollados que recuerde en una niña de 13 años, mientras me cambiaba una de ellas se me quedó viendo y señaló algo más que mi incipiente corpiño y la evidente ausencia de curvas: mi abdomen tenía “cuadritos”. La observación de ella fue aderezada por el comentario de otra chica que dijo que eran cuadritos como de hombre. En ese momento me sentí no solo avergonzada por no poseer el envidiable par de senos de ellas sino que además tenía cuerpo de hombre. ¿Podría acaso ser más perdedora?

Claro, ahora me causa gracia y cuento la historia como una anécdota más para justificar mi sobrepeso,aunque la verdad quisiera regresar el tiempo para explicarme que no tomara en cuenta el comentario de un par de adolescentes igual de inmaduras que yo. Pero estamos hablando de la pubertad, esa terrible antesala a la adolescencia donde el caldo hormonal y los conflictos de identidad propios de la edad habían sido ignorados hasta hace un par de años cuando empezó a usarse la palabra bullying para definir el acoso escolar y los problemas que puede generar en la formación de los chicos. En mi caso, a raíz de ese episodio dejé de ir a correr y en general perdí interés en el deporte.

Afortunadamente los años han pasado y ya no es mal visto que una mujer opte por tener un cuerpo fuerte, con músculos prominentes y participe en deportes que tradicionalmente han sido dominados por hombres. La percepción del cuerpo femenino y los estándares de belleza han cambiado dramáticamente en los últimos 17 años. Por ejemplo, el boxeo femenino fue incluido apenas en el 2012 como disciplina olímpica y aunque ya no es raro ver a mujeres practicar boxeo, artes marciales mixtas, halterofilia o fisiculturismo no hay que olvidar que hace apenas unos años era tabú y el hecho de que podamos aspirar a tener un abdomen y bíceps bien marcados sin que se nos diga “marimacha” es una gran conquista y una manera más de ejercer la libertad en nuestro cuerpo.

Quisiera volver a tener mis “cuadritos” de aquel entonces. Quisiera que ya no hubiera prejuicios. Quisiera que no existiera bullying, Quisiera que todos los chicos sepan que pueden dedicarse a lo que quieran si sienten pasión y puedan mantener la disciplina para hacerlo, Quisiera que estemos atentos a apoyar los sueños y los talentos deportivos, artísticos y científicos de quienes nos rodean.

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